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Carlos VI de Francia: El rey loco Carlos VI (1368-1422) fue rey de Francia de 1380 a 1422, durante una etapa importante de la guerra de los Cien Años (1337-1453) contra Inglaterra. Carlos, conocido como el «rey loco» debido a sus ataques de psicosis frecuentes, a menudo debía entregarles el poder a sus regentes que, en diversas ocasiones, fueron sus tíos corruptos, su esposa la reina Isabel o su desenfrenado hermano menor, Luis I de Orleans. Su reinado fue una época tumultuosa para Francia e incluyó el inicio de una guerra civil entre las facciones de los armagnacs y los borgoñones, así como una derrota desastrosa de los franceses contra los ingleses en la batalla de Azincourt el 25 de octubre de 1415. Después de Azincourt, Carlos se vio obligado a desheredar a su propio hijo y reconocer al rey Enrique V de Inglaterra (que reinó de 1413 a 1422) como su heredero. Sin embargo, Carlos sobrevivió a Enrique por dos meses, lo que le permitió a su hijo, Carlos VII de Francia (que reinó de 1422 a 1461), continuar la lucha contra Inglaterra. Sigue leyendo…
Daniele Velicogna: La historiografía de Nolte era un antídoto contra los enfoques que reducían la historia a un conflicto entre el bien y el mal, entre víctimas y verdugos Por Eren Yeşilyurt Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera Daniele Velicogna se graduó en la Universidad Ca’ Foscari de Venecia. Sus intereses de investigación abarcan la historia, la filosofía política y la geopolítica. Actualmente se dedica a la enseñanza en el sistema educativo italiano. Ernst Nolte no solo fue un historiador que estudiaba las ideologías políticas, sino también un pensador que desarrolló una filosofía de la historia original centrada en la modernidad. En particular, el concepto de «trascendencia» ( Transzendenz ) que él utilizó parece revestir una importancia notable en este contexto. ¿Qué entendía exactamente Nolte por este concepto? En la obra El fascismo en su época Nolte propone una interpretación «transpolítica» (y, por lo tanto, filosófica) del fenómeno fascista. En esta interpretación es central el concepto de «trascendencia» que él elabora a partir de Heidegger (y de Marx). Según Nolte, la trascendencia es un impulso del hombre por superar su finitud: la «trascendencia teórica» busca superar lo dado mediante el pensamiento, volviéndose hacia el todo, hacia lo universal, mientras que la «trascendencia práctica», más específicamente moderna, busca superar lo dado a través de la técnica, la producción y el trabajo, actuando así sobre el mundo de manera transformadora. Con su tendencia a la disolución de los límites y al universalismo, la modernidad constituye el momento de la irrupción de la trascendencia práctica en la historia y, según Nolte, son sobre todo el marxismo y el comunismo los que radicalizan la trascendencia práctica con su intento de transformar el mundo y llevar el «progreso» a su plenitud. Es, por lo tanto, como reacción a esta radicalización de la trascendencia que surge el fenómeno fascista, igualmente radical en sus intenciones y métodos, que Nolte define como «resistencia a la trascendencia práctica y lucha contra la trascendencia teórica». Los fascismos buscan oponerse al movimiento de la trascendencia con un contramovimiento que devuelva por la fuerza al hombre a sus límites: frente a la «abstracción» moderna, quieren restaurar su concreción, resituándolo en la inmanencia de la sangre y el suelo. Se trata de una interpretación compleja que podría parecer abstrusa, pero que, en mi opinión, capta un aspecto fundamental: la voluntad de «emancipación» del hombre por parte de las diversas ideologías del progreso, a las que se oponen las culturas políticas «reaccionarias»; uno de los representantes de estas últimas, Nicolás Gómez Dávila, resumía así la cuestión: «Los que le quitan al hombre sus cadenas liberan solo a un animal». ¿Podrías explicarnos el concepto de «Izquierda eterna» de Nolte? ¿Cómo podríamos interpretar este concepto en el contexto del liberalismo global actual, del debate sobre los derechos humanos y del progresismo cultural? La «izquierda eterna» es otro concepto de gran interés elaborado por Nolte. Se trata de «una tendencia emocional y retórica que se escandaliza ante el orden social establecido, ya que lo considera “injusto”»: al considerar, de hecho, antinatural y fruto de la opresión toda jerarquía social que implique dominantes y dominados, señores y siervos, ricos y pobres, exige la subversión de dicho orden y el establecimiento de la “justicia”. Para Nolte, esta tendencia recorre de manera subterránea toda la historia humana y estalla periódicamente en revueltas sangrientas, cuyo arquetipo es la de Espartaco en la antigua Roma. La izquierda eterna recibe, además, una savia nutritiva del mesianismo judeocristiano, que proclama el advenimiento de un Reino de Dios en el que toda «injusticia» será suprimida definitivamente. Nolte cita algunos ejemplos de esta manifestación de la izquierda eterna: la Guerra de los Campesinos en el siglo XVI, la Conspiración de los Iguales, la Comuna de París. Siguiendo su enfoque, podríamos encontrar muchos otros, que, por cierto, tienen un denominador común: una gran violencia desplegada en los levantamientos, que llega hasta la aniquilación física de los dominantes, a lo que le sigue una represión a menudo más violenta que el propio levantamiento. Nolte sugiere que los dominantes, además de su propia vida, parecen sentir amenazada también la misma «civilización», por lo que civilización y justicia serían términos de algún modo mutuamente excluyentes. Para Nolte, el marxismo, a pesar de su pretensión de cientificidad, termina canalizando los impulsos de la izquierda eterna y la Revolución Rusa constituye el «primer triunfo duradero de la izquierda eterna en un gran Estado y, en este sentido, fue un acontecimiento absolutamente único en su género». Del discurso de Nolte se pueden extraer algunas notas al margen. Para quienes perciben el orden terrenal como un «mal», cualquier acción, incluso la más violenta, destinada a erradicar el mal del mundo termina justificándose por sí misma en nombre de un supuesto bien superior que, además, estaría inscrito en el camino «natural» del progreso. Esta autojustificación de la violencia es extremadamente insidiosa y poco sensible a los argumentos «racionales». Por otra parte, no podemos pensar que la «izquierda eterna» haya desaparecido con el fin de la Unión Soviética, aunque esta haya dejado atrás, al menos, la forma del comunismo del siglo XX (el historiador François Furet habló del «pasado de una ilusión»): está destinada a resurgir allí donde las desigualdades sociales se perciban como insoportables, incluso sin grandes elaboraciones teóricas «previas». En cuanto al progresismo liberal, ciertamente no posee la carga de violencia de la izquierda eterna, ni aspira a subvertir realmente las jerarquías sociales; sin embargo, en sus tendencias globalistas y universalistas, no podemos sino percibir una radicalización de esa «trascendencia» de la que se hablaba anteriormente, y es totalmente lícito esperar reacciones adversas a ello. Desde esta perspectiva, a Nolte se le pueden asimilar otras corrientes filosóficas, probablemente más conocidas: el «fin de la historia» de Fukuyama, si se considera la pretensión universalista del orden liberal-democrático, y la «desterritorialización» de Deleuze y Guattari, si se piensa en la disolución moderna de los arraigos tradicionales. ¿Por qué se ocupó Nolte de la cuestión del islamismo en la última etapa de su vida? ¿De qué manera abordó este tema? En los últimos años de su vida, impulsado también por acontecimientos como el 11 de septiembre de 2001, Nolte llegó a ocuparse también del islam. En diversas intervenciones y en un texto de 2009 ( Die dritte radikale Widerstandsbewegung: Der Islamismus ), Nolte atribuye al islamismo el carácter de resistencia radical contra la modernidad, el universalismo occidental, la secularización y la globalización. Sería, por lo tanto, el «tercer radicalismo», el tercer contramovimiento frente a la modernidad después del comunismo y los fascismos: surge como una «potencia defensiva-agresiva» que, tras el colapso del Imperio Otomano, se convierte en una fuerza política de primer orden, sobre todo como reacción al desafío que representó para el mundo islámico la fundación del Estado de Israel. Aquí se puede observar un cambio en la perspectiva de Nolte: en los últimos años, parece evaluar el comunismo no tanto como una radicalización de la trascendencia, sino más bien como una revuelta contra la modernidad liberal-capitalista, en este sentido comparable a los fascismos y al islamismo. Es más, precisamente el fin del comunismo del siglo XX podría haber dado un nuevo impulso al «tercer radicalismo». Sin embargo, no hay que pensar que Nolte se reduzca a un simple celebrador de la civilización occidental, como muchos han pensado ingenuamente. Sin duda, se distancia de los radicalismos (de hecho, considera que la trascendencia es la característica principal del ser humano), pero, al mismo tiempo, les reconoce una forma de «tragicidad» y «grandeza». Del mismo modo, se expresa de manera crítica sobre la americanización de Europa y propone una comparación entre la Alemania nazi y el Estado de Israel, lo que le ha valido feroces críticas. ¿Por qué es necesario releer a Ernst Nolte hoy en día? ¿Su pensamiento se limita a explicar el siglo XX o sigue ofreciendo herramientas conceptuales para comprender las crisis actuales de la modernidad? La historiografía de Nolte ha tenido una repercusión limitada. Desconocida en el mundo anglosajón, donde se le considera una especie de nacionalista alemán, y muy controvertida en su país natal, Alemania, paradójicamente ha tenido más éxito en Italia, donde, sin embargo, a menudo se ha banalizado con fines «anticomunistas». Como, por el contrario, he tratado de explicar, la historiografía de Nolte dista mucho de tener como objetivo poner en el mismo plano a los «totalitarismos» para disolverlo todo en una celebración trivial del actual orden «liberal-democrático»; Nolte, además, se ha pronunciado con firmeza en contra de la idea de que los radicalismos representarían un «mal absoluto» al que se opondría un supuesto bien absoluto. El método comparativo de Nolte es, por el contrario, una exploración profunda de los fenómenos históricos y las ideologías, en un intento por captar una «racionalidad» incluso en lo que aparentemente parece irracional, buscando de alguna manera llegar a una comprensión de la «existencia histórica» del hombre y de su ser-en-el-mundo. Su historiografía filosófica es un antídoto tanto contra la historiografía que persigue en vano la «cientificidad» de las ciencias exactas, como contra la reducción de la historia a un enfrentamiento entre principios morales, entre el bien y el mal, entre víctimas y verdugos. Su perspectiva, por lo tanto, no se limita a la historia del siglo XX: aún hoy ofrece categorías útiles para comprender las crisis de la modernidad, sus conflictos sin resolver y las formas siempre nuevas de resistencia que esta sigue generando. Fuente: https://erenyesilyurt.com/index.php/2026/05/13/daniele-velicogna-la-storiografia-di-nolte-era-un-antidoto-agli-approcci-che-riducevano-la-storia-a-un-conflitto-tra-bene-e-male-vittime-e-carnefici/
El origen de las especialidades médicas Resumen:El presente documento describe el origen de algunas especialidades acorde a los momentos históricos. Se toma como referencia la propuesta de Eric Hobsbawm acerca de un siglo XIX largo y un siglo XX corto, según este autor el siglo XIX comienza históricamente con el estallido de la revolución Francesa 1789, finalizó con el inicio de la Primera Guerra Mundial 1914 y el siglo XX nuevo, que… View On WordPress
Eurídice I: La primera reina macedonia con influencia política Eurídice I (en torno a 410-antes de 343 a.C.) es la reina más antigua de la historia de la antigua Macedonia cuyo impacto en los asuntos políticos de su época es conocido. Nacida en la casa real de Lincestis, se convirtió en la madre de Filipo II de Macedonia (383/382-336 a.C.) y en la abuela de Alejandro Magno (356-323 a.C.) gracias a su matrimonio con el rey argéada Amintas III de Macedonia (en torno a 420-370/369 a.C.). Los tres hijos de esta pareja real acabaron ascendiendo al trono de Macedonia, con Eurídice I desempeñando un papel fundamental en su ascenso al poder. Sigue leyendo…
La roja más famosa de la historia fue para un chileno | Vive el Mundial IE 11 no es compatible. Para una experiencia óptima, visite nuestro sitio en otro navegador. SIGUIENTE Cuenta regresiva para Alemania: el viaje hacia su estreno en la Copa Mundial Manuel Neuer llega enfocado y en gran forma para el debut de Alemania 01:18 Un paseo por Curazao, el paraíso caribeño que debuta en un Mundial 03:11 Space Center Houston: Una atracción de otro planeta para el… La roja más famosa de la historia fue para un chileno | Vive el Mundial
História Resumo; Revoluções Inglesas Organização do parlamento: Lordes (rei/nobreza;anglicanos) X Comuns (puritanos/burguesia) REV PURITANA Contexto -Fim da dinastia Tudor; Jaime I assume -Jaime I: promoveu forte perseguição aos católicos e calvinistas; aumentava os impostos e criava novos (passando por cima da Carta Magna); dissolveu o Parlamento -Carlos I: tentou prosseguir com a política de impostos do pai mas foi impedido; tentou reprimir os escoceses, que tinham apoio popular e do parlamento; reuniu duas vezes o parlamento para aprovar recursos, na segunda vez que ele tentou fechou o parlamento começõu uma guerra civil (Rev Puritana) -Divisão e dois grupos: cavaleiros (pró rei) e cabeças redondas -Vitória dos cabeças redondas, que julgaram e executaram Carlos República Puritana -Caráter essencialmente burguês e liderado por Oliver Cromwell -Promoveu perseguição de grupos de caráter popular -Atos de Navegação: somente embarcações inglesas poderiam transportar mercadorias vindas da Inglaterra ou a ela destinadas -Dissolveu o parlamento com apoio dos burgueses e militares para instaurar uma ditadura -Acabou com a Câmara dos Lordes, impedindo monarcas absolutistas de se manterem no poder -Pegou terras dos nobres e do clero REV GLORIOSA Contexto -O filho de Oliver assume mas é deposto -O parlamento passa a ter maioria anglicana e instaura uma monarquia representativa, coroando Carlos II -Carlos I: havia se exilado na França e tentou se aproximar dela (era a maior ameaça inglesa), mas isso significava uma simpatia do rei pelo catolicismo da corte francesa -Ato de Exclusão: retirava católicos de cargos públicos e de postos do governo -Carlos dissolve o parlamento e depois morre; Quem assume é seu irmão Jaime II Rev Gloriosa -Jaime II: católico convicto e declarado -Tinha uma filha (Maria) casada com Guilherme de Orange da Holanda ->ambos protestantes -Jaime II tem um filho menino com a esposa católica, desesperando os protestantes ingleses -O parlamento ofereceu a coroa inglesa para Guilherme, que aceitou -Revolução pacífica -Guilherme: jurou a Declaração dos Direitos (parlamentares podiam aceitar ou rejeitar impostos, garantia liberdade individual, acesso à propriedade privada e divisão dos 3 poderes); Monarquia parlamentarista
Estrella Matutina (Cuchillo Romo): biografía de Eastman Estrella Matutina ( Vooheheve , en torno a 1810-1883), más conocido como Cuchillo Romo, fue un jefe cheyene del norte que lideró a su pueblo en la resistencia contra las políticas de expansión genocida hacia el oeste impulsadas por el gobierno de Estados Unidos. Participó en la guerra de Nube Roja (1866-1868), en diversos enfrentamientos entre 1868 y 1876, y fue derrotado en la batalla del Red Fork (la lucha de Cuchillo Romo) en 1876. Sigue leyendo…
El capitalismo se construyó sobre las ruinas de los comunes Entrevista al historiador marxista estadounidense Peter Linebaugh Por Daniel Denvir Fuentes: Jacobin [Imagen: Antes del capitalismo, la gente común tenía derechos consuetudinarios sobre la tierra. Estos derechos debieron ser eliminados violentamente para crear una clase trabajadora que no tuviera otra forma de sobrevivir más que vender su fuerza de trabajo. (Museo Käthe Kollwitz de Colonia)] El principal producto de la Revolución Industrial no fueron las mercancías, sino una nueva clase social que no poseía nada más que su propia fuerza de trabajo para sobrevivir. El historiador Peter Linebaugh analiza el origen de la clase trabajadora a través del violento cercamiento de las tierras comunales de las que antes dependía. En la Inglaterra precapitalista, una persona podía recoger leña del bosque, pastar el ganado en los pastizales comunales o espigar en los campos después de la cosecha para recoger lo que dejaban atrás los segadores. Estos usos de la tierra son difíciles de imaginar desde la perspectiva actual, en la que nuestros movimientos están limitados por la propiedad privada. Pero hasta principios del siglo XIX, eran derechos consuetudinarios para muchos, integrados en el tejido de la vida cotidiana. Su destrucción y criminalización mediante el proceso de cercamientos fue condición para el surgimiento del capitalismo. De hecho, el propósito de la Revolución Industrial fue crear una nueva clase de trabajadores, despojados de todo medio de subsistencia, lo cual solo fue posible mediante el cercamiento de las tierras comunes. Peter Linebaugh ha dedicado más de cinco décadas a rastrear esta historia, siguiendo la historia de estas tierras comunales y su destrucción a lo largo del mundo atlántico: desde los bosques de Renania que llevaron al joven Karl Marx a la economía política, hasta los astilleros de Londres donde las tomas consuetudinarias fueron rebautizadas como robo, pasando por las fábricas de Yorkshire, en las que los luditas destrozaron los telares industriales que eventualmente se convertirían en computadoras. Discípulo de E. P. Thompson, Linebaugh es uno de los historiadores más destacados de la actualidad. Es autor de numerosos libros, como El manifiesto de la carta magna. comunes y libertades para el pueblo y Roja esfera ardiente . Junto con Marcus Rediker, es coautor del reconocido La hidra de la revolución: Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico , y actualmente está terminando un libro titulado Thanatocracy: Capital Punishment and the Punishment of Capital . El interés principal de tu trabajo académico es la historia de los bienes comunes. ¿Qué son los bienes comunes? Me pides una definición como si fuera una sola cosa, pero es todo lo contrario: son muchas cosas a la vez. Lo que puedo decir, en primer lugar, es que involucran el principio de la mutualidad, o el compartir, y que su objetivo es la producción de lo necesario para la subsistencia, como comida, agua, refugio y ropa. Pero quiero separar de inmediato la noción de los bienes comunes de los recursos naturales, como si solo se refiriera a las partes inanimadas de la creación. Por el contrario, la gestión de los bienes comunes es una actividad profundamente humana, que involucra una constante relación con los demás y con el mundo que nos rodea. Y esa relación comienza con el trabajo. La forma en que trabajamos juntos es la base de los bienes comunes. Y dado que el trabajo cambia dependiendo de con quién y con qué trabajamos, la definición de lo comunitario será diferente para el cazador, el agricultor, el zapatero y el ingeniero de software . En Inglaterra, el cercamiento de las tierras comunales fue un requisito previo para la propiedad privada capitalista y la Revolución Industrial. ¿Cómo se utilizaban y gestionaban esas tierras antes de ser expropiadas? Eran administradas por quienes hacían uso de ellas. Sin embargo, dentro de esa administración, permítanme introducir un elemento amargo. Las tierras comunales también eran conflictivas. Imaginen que van en un avión y quieren apoyar el codo en el reposabrazos, pero la persona a su lado también quiere hacerlo. ¿Cómo negocian eso? Por lo general, se negocia sin la intervención de un tercero, a menudo sin palabras. Creo que esto nos ayuda a entender cómo funcionaba lo comunal. También es inherente un principio de reciprocidad. Tu franja del campo comunal no será la misma el año que viene que la del año pasado: siempre se rotará. En Cisjordania, Palestina, por ejemplo, la forma en que fluye el agua y las características del suelo variarán, por lo que la incorporación de algún sistema de rotación de parcelas es imprescindible. No es un sueño, ni idealismo romántico. Estas tierras comunes de campesinos y artesanos de la Inglaterra medieval no existían en una utopía comunista; existían bajo el feudalismo y siguen existiendo en el mundo actual, bajo el capitalismo. Pero las nociones de compartir están profundamente arraigadas. Creo que forman parte de la esencia misma del ser humano. Y la familia es el centro en el que se aprenden y se enseñan por primera vez estas formas de compartir. Pocas familias se rigen por principios neoliberales. Las necesidades del niño son lo primero, no el intercambio. El término «commons» se compone de dos raíces latinas: co , que significa «con», y munis , que significa «obligación» o «deber». Así que la noción de los bienes comunes tiene que ver con lo que nos debemos unos a otros, como un aspecto de la mutualidad, más que con lo que poseemos. Los cercamientos en Inglaterra se dieron en dos grandes oleadas: la primera en el siglo XVI y la segunda en los siglos XVIII y XIX. ¿Quién se apoderó de las tierras comunales en el siglo XVI y por qué? La expropiación masiva tuvo lugar en una época de gran expansión de Europa a través del Atlántico. Pongamos eso de inmediato sobre la mesa: estas dos cosas van de la mano, el cercamiento de tierras en casa y la conquista de tierras en el extranjero. Esto ocurre al mismo tiempo que la Revuelta de los campesinos alemanes , al mismo tiempo que Enrique VIII comienza a matar a sus esposas, lo que acompaña a la disolución de los monasterios. En la década de 1530, el cercamiento de tierras por la fuerza produce una enorme población vagabunda. Ese es el origen del proletariado: personas errantes que han perdido todos sus medios de subsistencia. Los cercamientos fueron recibidos con tremendos disturbios. En 1536 tuvo lugar la Peregrinación de la Gracia en el suroeste de Inglaterra. En 1549 se produjo la Rebelión de Kett, la mayor revuelta del siglo XVI en Inglaterra . El desorden de la dinastía Tudor tuvo como fundamentos el cercamiento y el consiguiente crecimiento del proletariado. Se aprobaron nuevas leyes sobre hurto y robo, y la forma de castigarlos era la horca. Solo bajo el reinado de Enrique VIII fueron ahorcadas setenta y cinco mil personas. Entonces tenemos dos cuestiones clave: primero, el proceso de cercamientos fue de la mano de la conquista; segundo, fue profundamente violento. Si se combinan estas características, obtenemos el colonialismo de asentamiento. Luego de la Rebelión de Kett, la Iglesia de Inglaterra publicó sus «Treinta y nueve artículos». Uno de ellos declaraba que «las riquezas y los bienes de los cristianos no son comunes». Otro, que los cristianos pueden dar muerte a los infractores. Así se establecieron la pena capital y la abolición de los bienes comunes; todos los ingleses tenían que jurar lealtad a estos principios para participar en la vida cívica. Sin embargo, lo que se encuentra en las cartas de Pablo es que los primeros cristianos tenían todas las cosas en común. Esa contradicción llega a su punto álgido con los levellers y los diggers [niveladores y cavadores] de la Revolución Inglesa de la década de 1640. ¿Qué papel desempeñaron los Diggers y los Levellers en la Guerra Civil Inglesa? La Revolución Inglesa ocurrió al mismo tiempo que la fundación de las colonias de colonos de Massachusetts. Oliver Cromwell no habría podido derrotar al rey y a la Iglesia sin su Nuevo Ejército Modelo de plebeyos que tenían sus propias ideas (y que se amotinaban si no se les pagaba o si se les obligaba a servir en Irlanda). La exigencia de elegir a sus propios oficiales se convirtió en una parte clave de ese ejército y de sus victorias sobre el rey, la aristocracia y las fuerzas del feudalismo. Los levellers eran muy activos dentro de las filas del ejército cromwelliano. Sus debates quedaron registrados, fueron descubiertos en la década de 1890 y se convirtieron en la base del socialismo alemán bajo Eduard Bernstein, así como en la base del movimiento del Partido Laborista inglés. Los levellers pedían la igualdad de las personas; un soldado dijo: «Porque, en verdad, señor, creo que un hombre que tiene una vida que dar es un inglés». Las mujeres también solicitaron ser incluidas en ese nuevo orden. Pero tan pronto como le cortaron la cabeza al rey, Cromwell se volvió contra los levellers , los expulsó, los hizo correr desnudos por las calles y los envió a prisión. De esta persecución surgieron los cuáqueros (los antepasados de Thomas Paine). Gran parte de la historia radical se remonta a esta contrarrevolución contra los levellers . Los diggers eran algo diferentes. Estaban en contra de la propiedad privada. Pensaban que era la maldición de su época. El líder de los diggers era Gerrard Winstanley , quien, en mi opinión, se encuentra a la altura de Thomas Paine como uno de los grandes demócratas y comunistas de la historia mundial. Se opuso a la ejecución de Carlos I porque se oponía a la pena capital. Pensaba que la vida era sagrada para todos. Estaba a favor de quitarles a los reyes sus coronas y sus tronos, pero no de matarlos. Cromwell acabó con los levellers y los diggers al mismo tiempo que conquistó Jamaica y al mismo tiempo que comenzó a conquistar Irlanda. Los nuevos ricos se forraron de oro. Sus teóricos fueron Isaac Newton y John Locke, teóricos gemelos de la contrarrevolución, por mucho que nos cueste decirlo. A menudo solo nos enseñan cosas buenas sobre ellos, pero no solo trajeron dinero, sino también demografía, estadísticas y terror por todo el mundo. ¿Y la segunda ola de cercamientos, en los siglos XVIII y XIX? ¿Cómo remodeló el paisaje inglés? Cuando hoy vuelas a Inglaterra y miras por la ventanilla del avión, ves setos. Esos setos son en gran parte una creación de las leyes de cercamiento. Parecen antiguos —la industria del patrimonio se ha construido en torno a ellos—, pero en realidad fueron límites de propiedad impuestos. Si los cruzas, estás invadiendo propiedad ajena. El cercamiento se llevó a cabo parroquia por parroquia, a lo largo de 150 años, desde aproximadamente 1690 hasta 1840, con cientos de leyes de cercamiento para cientos de parroquias. Y las formas de resistencia fueron a veces peculiares. La principal forma de acción directa en Lincolnshire fue el fútbol ; antes de que el campo tuviera sus límites, se podía correr por los campos abiertos y arrancar los setos de raíz para un partido de fútbol. Ahora todo el mundo juega al fútbol. Es uno de los regalos permanentes de la clase trabajadora inglesa al mundo, junto con la pausa para el té. La gran victoria que obtuvieron los plebeyos a pesar de las leyes de cercamiento fue la creación de costumbres. Por ejemplo, recogían estovers —la leña necesaria para utilizar como combustible, reparar herramientas, construir viviendas, etc.— en los bosques, y si lograban establecer esto como una costumbre en una zona concreta, quedaban a salvo de ser procesados. La magnífica obra de E. P. Thompson, Costumbres en común , describe cómo estas costumbres formaban parte de un acuerdo de clase: las tierras fueron cercadas, pero algunas costumbres se mantuvieron. Déjenme contarles sobre Mary Houghton. Después de que el general Charles Cornwallis fuera derrotado en Yorktown, regresó a sus fincas en Suffolk, interesado en cercarlas para ganar más dinero. Mary Houghton era la reina de los espigadores: llevaba a los niños y las mujeres del pueblo a los campos recién cosechados para recoger los restos (espigas, frutos) que quedan en el campo tras la recolección principal. Cornwallis la acusó de allanamiento, y los tribunales superiores fallaron a su favor al dictaminar que el derecho consuetudinario inglés no reconoce el derecho a espigar (a pesar de que la espiga forma parte del Libro de Rut, una de las formas más antiguas de subsistencia en la historia de la humanidad). La derrota de Cornwallis en Yorktown es una nimiedad al lado de esta otra victoria, mucho menos conocida, sobre Mary Houghton. Así es que debemos ver las primeras fábricas como parte de este proceso de cercamientos, en un continuo. El sistema fabril y el cercamiento de los campos fueron impulsados a menudo por las mismas personas con el mismo propósito: el dinero, la especulación y la creación de un proletariado sin tierra, sin comida y sin zapatos. John Clare, el poeta, era un jornalero agrícola y no tenía zapatos. Karl Marx no fue el primero en ver o nombrar esto. Ya había sido visto y nombrado por quienes lo sufrieron. La rebelión irlandesa fue aplastada en 1798, y la Ley de Unión, impuesta en 1801. En Escocia se despejaron las Tierras Altas. ¿Por qué fue tan fundamental el cercamiento masivo de los campesinos irlandeses y escoceses para la creación del Reino Unido? Debemos sentir vergüenza cuando olvidamos de dónde venimos. Nuestros antepasados escoceses, nuestros antepasados ingleses, nuestros antepasados irlandeses, nuestros antepasados de África Occidental fueron expropiados de diferentes formas de bienes comunes, y esa expropiación tiene una historia. La Inglaterra del siglo XVIII era solo una de varias potencias europeas interesadas en la esclavitud, la conquista y el imperio. España, Francia, los Países Bajos, Dinamarca, Suecia: todos necesitaban dominar los mares y formaron alianzas con Escocia o Irlanda. En 1745, las tropas francesas se unieron a los jacobitas escoceses para invadir Inglaterra. Gran Bretaña se formó en 1707, y el Reino Unido no se formó hasta 1801, a costa de los montañeses escoceses y los irlandeses. A los derrotados les dicen «Están acabados. Ya no es posible la subsistencia. Lo que podemos ofrecerles es que se muden a la ciudad y trabajen todo el día bajo nuevas condiciones en las que no posean nada, o que se unan a la marina o al ejército», es decir, una muerte casi segura por tierra o por mar. Eso es lo que se les ofrece a los proletarios escoceses e irlandeses a cambio de la pérdida de su subsistencia común. ¿Cómo influyó el cercamiento en la colonización del continente americano? Para mantener el colonialismo de asentamiento hay que impedir que los proletarios europeos que han perdido su subsistencia se unan a los pueblos indígenas americanos. Por eso la frontera es una línea de fuego: una zona de máxima violencia, de máxima tortura. En 1626 hubo un episodio sorprendente: Thomas Morton, de Inglaterra, y sus compañeros celebraron el Primero de Mayo con los indígenas americanos en lo que hoy es Quincy, Massachusetts. Esta coalición arcoíris fue reprimida por invasiones desde Boston lideradas por los comandantes puritanos, quienes llegaron y derribaron el mayo. Ese es el mayo de Merry Mount. La supremacía blanca debe enseñarse y reforzarse continuamente. Se presenta bajo el nombre de «civilización» frente a «salvajismo», pero esto va en contra de la experiencia de quienes están realmente en el terreno. Por cuestiones bastante prácticas, de subsistencia, a menudo se formaron alianzas entre los pueblos indígenas y los proletarios de Europa. El capitalismo siempre organizará sus instituciones para decir que su dominio es inevitable y eterno. Así que para decir que otro mundo es posible, se necesita cierto conocimiento de otros mundos. Hacia el final de su vida, Marx estudió las prácticas comunitarias de los iroqueses basándose en el antropólogo Lewis Henry Morgan. Los Haudenosaunee —el Pueblo de la Casa Larga— vivían en común, cultivaban en común, cazaban en común. Pero los marineros tenían esta visión mucho antes que los antropólogos. De ahí es de donde Tomás Moro obtuvo en 1516 su conocimiento para Utopía : de marineros en Amberes que habían estado en Brasil y describían las prácticas indígenas de tener todas las cosas en común. 1516 es el momento mismo del nacimiento del capitalismo: apenas unos años después de Cristóbal Colón, un año antes de la Reforma protestante. Identificas a cuatro «emprendedores del cercamiento»: el demógrafo Thomas Malthus, el utilitarista Jeremy Bentham, el agrónomo Arthur Young y el policía Patrick Colquhoun. ¿Cómo sentó cada uno de ellos las bases para el cercamiento? Estos hombres formaban parte de la clase dominante, eran expertos en política que manejaban las palancas del poder y las redefinían. Malthus redefinió la demografía. Él conduce directamente a Garrett Hardin y la «tragedia de los comunes». En 1803, escribe que no todos están invitados a la mesa de la naturaleza: esa fue su frase para comprender, permitir y excusar el hambre. Arthur Young recorrió Inglaterra condado por condado, describiendo los cercamientos en cada parroquia en nombre de las leyes de cercamiento. Creía que mejoraría la productividad, pero eso significó que miles de personas perdieran su arraigo en la tierra. Patrick Colquhoun era escocés y el fundador de la primera fuerza policial de Inglaterra (policía en tanto eran oficiales del Estado armados y uniformados). Dirigió el ataque contra los estibadores y marineros de Londres, cuya supuesta criminalidad se basaba en su costumbre de tomar beneficios de su trabajo. Entre 1798 y 1803, Colquhoun cercó los muelles con altos muros, de modo que las tomas consuetudinarias fueran criminalizadas. Ese proceso de criminalización se extiende a todos los oficios. Un sastre se lleva la tela sobrante. Un marinero se lleva virutas. Un estibador se lleva restos. Un trabajador del tabaco se lleva sobras. Puedes repasar todos los oficios y ver cómo hay una transición durante este proceso de expropiación en la que el trabajador persiste en quedarse con algunos de los frutos de su trabajo, aunque según la nueva ley escrita eso sea un robo. Hay que buscar diccionarios antiguos, incluso especializados, para explicar estos términos. Mejor aún, hablar con los comerciantes de hoy para conocer la realidad. Bentham es el utilitarista, que cree en el mayor bien para el mayor número. El panóptico surgió del cercado de los astilleros que organizó su hermano Samuel. La idea de un espacio de trabajo totalmente cerrado y vigilado surgió como una cuestión de lucha de clases. Los cuatro estuvieron activos en torno a la Conspiración de Despard de 1802–1803 y se opusieron profundamente a las ideas de la Revolución Francesa de liberté, égalité, fraternité . Estos cuatro son los padres fundadores de la Revolución Industrial. Son los arquitectos de las estructuras del capital y el imperio. La rebelión ludita de destrucción de máquinas estalló alrededor de 1811–1812 en las Midlands y Yorkshire. ¿Quiénes eran los luditas y qué hacían? Los luditas eran destructores de máquinas, llamados así en honor al capitán Ned Ludd, una figura mítica. Intentaban preservar las formas de subsistencia y el control de los trabajadores sobre la calidad de los bienes producidos. Las máquinas llegaban con el propósito de disminuir sus ingresos, no de mejorar la vida o reducir las horas de trabajo. La gente atacaba la fábrica por la noche, o a plena luz del día si la multitud era lo suficientemente grande, y destrozaba las máquinas con enormes mazos. Estos mazos eran fabricados por una empresa llamada Enoch. «Enoch los fabricará, Enoch los romperá» era uno de sus lemas. Hoy en día, los luditas tienen una pésima reputación. Esa etiqueta es sinónimo de ignorancia, pero nada podría estar más lejos de la verdad. Estos artesanos elegían a uno de entre ellos para que leyera en voz alta a los demás, al igual que hicieron los trabajadores del tabaco en Tampa, Florida, cien años después. Algunos luditas estudiaban griego antiguo, realmente admirable. Y los luditas no son una realidad tan antigua. La computadora ya estaba imaginada en el telar del tejedor. El telar Jacquard se convierte en la base de la máquina de cálculo, la antecesora de la computadora. Así que hay una línea directa desde los luditas hasta hoy. Lo que llamamos la Revolución Industrial fue en realidad la creación de la clase trabajadora. Se llevó a cabo para producir una nueva forma de trabajo, aburrido, repetitivo, que destruye el alma y arruina el cuerpo: el trabajo en la fábrica. A pesar del nombre, esta revolución estuvo lejos de sacar a relucir las cualidades laboriosas que el artesano admiraría, donde la industria significa ingenio y aplicación decidida. En cambio, sustituyó la laboriosidad por la repetición mecánica. E. P. Thompson escribió en La formación de la clase obrera en Inglaterra que quería defender a los luditas de la «condescendencia de la posteridad». Hoy en día, el término sigue siendo generalmente peyorativo. ¿Qué opinas de que la gente esté empezando a reivindicar el ludismo como una forma de resistencia a los capitalistas tecnológicos? Lo que yo piense tiene poca importancia. Lo que importa, lo que aprendimos de Thompson a priorizar, es qué piensan los trabajadores. ¿Qué piensan aquellos que están perdiendo sus empleos a causa de la IA? ¿Qué pensaban aquellos que perdieron sus empleos a causa de la máquina de vapor? Sus reflexiones eran extremadamente creativas. Las personas que desarrollaron y elogiaron ideas como el socialismo, el comunismo, el romanticismo, provenían de la clase trabajadora de la época. Así que no se trata tanto de lo que tú o yo pensemos; se trata de lo que piensan los trabajadores de Amazon o de cualquiera de las corporaciones gigantes donde la mecanización está llegando para acelerar el trabajo, alargar las horas de trabajo y eliminar cualquier tipo de seguridad. Son los llamados trabajadores «gig», como los de Uber, donde los capitalistas despliegan la tecnología para ajustar el dominio del lugar de trabajo con un grado obsceno de exactitud. A la hora de analizar el escenario americano, escribes «Sus cercamientos fueron la conquista de las tierras indígenas, y sus luditas fueron esclavos insurrectos». La destrucción de aperos agrícolas en las plantaciones americanas, argumentas, «pertenece a la historia del ludismo». Tu obra siempre conecta a pueblos y fuerzas aparentemente dispares. ¿Qué aclara ese método? Cuando leí que los luditas estaban activos en 1811, al mismo tiempo que tiene lugar la mayor revuelta de esclavos en las Américas —en Luisiana, el puerto del algodón—, me pregunté qué conexiones podría haber habido entre un proceso y otro. No solo conexiones en el nivel de los capitalistas, sino sobre todo en el de los estibadores y marineros. Entre Luisiana y el West Riding de Yorkshire hay una enorme distancia geográfica y cultural. Pero esa distancia se puede superar, y se superó. Eso se convierte en la hipótesis para ver a los trabajadores como trabajadores dondequiera que estén. Has estudiado durante mucho tiempo la pena capital en relación con la formación del capitalismo. ¿Cómo llegas a ver la relación entre crimen, castigo y cercamiento? Mi comprensión del cercamiento de las tierras comunes fue precedida por mi estudio de aquellos que fueron ahorcados. Dejé los Estados Unidos y la Universidad de Columbia en 1965–66 y me fui a Inglaterra porque las ciudades de Estados Unidos estaban en revuelta. Los afroamericanos se rebelaban en una ciudad tras otra, y esto dio lugar a lo que yo consideraba un discurso falso sobre la violencia, un discurso falso sobre la ley y el orden. Así que busqué otras tradiciones que consideraran que el crimen siempre tiene un contexto social. Luego, cuando leí sobre la clase trabajadora y comencé a comprender que las revoluciones de la clase trabajadora en Europa fueron capaces de crear nuevas formas sociales, pensé que las posibilidades para el futuro residían en esta clase trabajadora. Eso es lo que Thompson me enseñó. Inglaterra, la cuna del capitalismo, fue también el lugar en el que el fin del capitalismo fue imaginado y por el que lucharon los mismos trabajadores cuya explotación enriqueció a la clase imperial. En aquella época existía una idea de la delincuencia social: el bandido social, la idea de situar diferentes formas de delincuencia como predecesoras de los sindicatos, de la conciencia colectiva de la clase trabajadora, de los partidos políticos de la clase trabajadora. Según Friedrich Engels y otros, la delincuencia social fue lo que precedió a la formación de la clase trabajadora. Así que tuvimos que estudiar los registros penales. Empecé a hacerlo con un colectivo de académicos: Cal Winslow, J. M. Neeson, Douglas Hay, un grupo de nosotros que aprendimos de E. P. Thompson. Fue en ese trabajo donde empecé a ver que el cercamiento, no solo de la tierra sino también de los oficios, en realidad estaba cercando otras formas de subsistencia. Solo después de eso empecé a ver los bienes comunes. Así que, si no históricamente, al menos personalmente, el delito precedió a los bienes comunes. Históricamente, por supuesto, es al revés: se destruyen los bienes comunes y entonces la gente tiene que robar para vivir. ¿Cómo se utiliza la pena capital en la consolidación del dominio de la clase capitalista? La pena capital es más antigua que el capitalismo. Podemos remontarnos a Jesucristo, crucificado en lo alto, o a Sócrates y la cicuta. Pero bajo el capitalismo, se intensifica mucho más. No se podía entrar en una ciudad de Europa sin pasar por una puerta. Colgadas de esa puerta estaban las calaveras de quienes habían sido ahorcados. Era una presencia constante en el crecimiento del Estado, y el crecimiento del Estado era necesario para el crecimiento del capitalismo. Lo significativo son las nuevas leyes relativas a la propiedad privada: robo, hurto, allanamiento de morada. Estas leyes se crearon al mismo tiempo que los ahorcamientos masivos. Y fue precisamente este problema el que atrajo por primera vez a Marx hacia la economía política. La madera de los bosques de Renania se convirtió en la base del parque de viviendas de Liverpool. Pero sacar esa madera de Renania significaba quitársela de las chimeneas a quienes habían sobrevivido de ese bosque. Marx creció junto a los ríos que atravesaban esos bosques. Comenzó a ver cómo arrestaban a personas por robar madera y se preguntó por qué. Esto lo llevó a escribir sus grandes artículos teóricos, y en la base de todos ellos estaba el robo de madera o, como dirían los ingleses, los estovers . Marx dijo que fue esta lucha en torno a la ley del robo de madera lo que lo llevó a comenzar a pensar en la economía política. John Locke afirmó que el poder político consiste en promulgar leyes que castigan con la muerte. El patrón está tratando de reducir los salarios a cero; la esclavitud es la tendencia del capitalismo. Pero el capital no puede hacer esto por su propia voluntad. Tiene que superar la resistencia, y la principal resistencia a la horca eran los familiares de los condenados. Acudían a la ejecución pública e intentaban impedirla. Algunas personas, como Henry Fielding, el novelista, o Adam Smith, reflexionaron profundamente sobre cómo hacer que la muerte resultara más aterradora. No basta con matar a alguien en una ejecución pública; podría ser exaltado. Hay que hacerlo de tal manera que aterrorice a la gente. Estudiaron esto como una cuestión técnica. Y en ese estudio comenzaron a desarrollar nuevas formas de encierro: la prisión. El sistema carcelario se desarrolla a la par que disminuyen los ahorcamientos públicos. Trato de ver la pena de muerte en relación con muchas otras formas de violencia patrocinada por el Estado, incluyendo los desastres ecológicos, los llamados accidentes laborales y la guerra. Marx describe en el capítulo diez de El capital , «La jornada de trabajo», cómo en 1863 una joven llamada Mary Anne Walkley, de solo veinte años, trabajó más de veintiséis horas seguidas cosiendo en un taller clandestino y murió a consecuencia de ello. Esto nos ayuda a ver la naturaleza letal del Estado en relación no tanto con la ley como con el capital, con la maquinaria, con toda la estructura de reproducción. Y, más allá de la pena capital, pensemos en todas las instituciones de confinamiento humano que surgieron en este período: el hospital, la fábrica, la prisión, el barco, el manicomio, el asilo de ancianos, la escuela, los cuarteles. Estos se convirtieron en cápsulas selladas donde prevalecía el principio de mando, como lo denominó Bentham. El gran anhelo de todos ellos es producir una clase trabajadora sumisa. El hábito de la obediencia, el hábito del «sí, señor, no, señor», comienza desde muy temprano. Michel Foucault desarrolló el tema del confinamiento: el hospital, la escuela, el manicomio. Lo que me interesa hacer a mi es mostrar que el mismo proceso se aplica a la artesanía o al trabajo calificado. En otro momento de tu obra preguntas «¿Pertenece el comunismo al ámbito de la política, mientras que los bienes comunes pertenecen al ámbito de la economía?» ¿Cuál dirías que es la relación entre bienes comunes y comunismo? Olvidemos que el comunismo en la Unión Soviética es en realidad una forma de capitalismo de Estado… en mi opinión, en la de C. L. R. James y en la de muchos otros. El comunismo ha sido una de las ideologías que se oponen al capitalismo porque aboga por tener todas las cosas en común. Esta palabra, « commons », es ineludible a lo largo de la historia anglófona. Algunos de los primeros comunistas —aquellos dispuestos a contemplar la insurrección para derrocar a un Estado opresor, carcelario y tributario— también eran plebeyos, lo que significa que eran gente común, no aristócratas, pero también que tenían derechos sobre los bienes comunes, derechos consuetudinarios de subsistencia. Ya sea que hablemos de Gerrard Winstanley en la Revolución Inglesa, de Gracchus Babeuf en la Revolución Francesa o de Karl Marx en 1848, todos estos comunistas habían crecido en entornos de bienes comunes. A la luz del quinto centenario de la Revuelta de los Campesinos Alemanes, he estado reflexionando sobre sus doce artículos. El primer artículo establecía que cada comunidad debía elegir y nombrar a su propio pastor, es decir, elegir su propio gobierno. Es similar a «nosotros, el pueblo». Pero esa soberanía ya existe en los bienes comunes, donde la soberanía no es una actividad política, sino práctica, relacionada con cómo se cultivan y distribuyen los alimentos. Estas son preguntas abiertas, y es más importante que nunca estudiarlas como parte de la organización que llevamos a cabo de cara al futuro. No quiero ver a un activista sin un libro en la mano. En El manifiesto de la carta magna exploras dos cartas del siglo XIII: la Carta Magna y la Carta del Bosque, en gran parte olvidada. ¿Qué las distinguía? El capítulo treinta y nueve de la Carta Magna dice que debe haber hábeas corpus , no a la tortura, juicio con jurado y debido proceso legal. Estos principios aún perduran en la Constitución de los Estados Unidos. Pero la Carta del Bosque abolió la pena de muerte por el robo de ciervos. Reconoció el derecho de la gente al pastoreo, a llevar ganado a las tierras forestales, a llevar cerdos al bosque para que comieran bellotas, a recolectar miel de las abejas. Es muy práctica en cuanto a la subsistencia, en cuanto a la vida. Ambos documentos se convirtieron en la base de la Revuelta Campesina de 1381 y, finalmente, de la Revolución Inglesa de la década de 1640. Así es como surge la expresión «nosotros, el pueblo», directamente de los levellers . Thomas Paine le dijo a Thomas Jefferson: «Necesitamos una Carta Magna en Estados Unidos», y eso condujo a la Declaración de Independencia. ¿Por qué la Carta Magna se volvió fundamental para las democracias liberales de todo el mundo, mientras que la Carta del Bosque cayó en el olvido? ¿Y qué nos dice eso sobre el presente? El análisis de clases es útil aquí. La clase capitalista considera que los recursos son inútiles a menos que pueda emplear mano de obra. Y no puede formar una clase trabajadora si esa clase trabajadora tiene medios alternativos de subsistencia. Quítales esos recursos y entonces harán lo que tú les pidas. Esa es una parte esencial de la explotación: expropiar a la gente de los medios de subsistencia. Por eso la Carta del Bosque no cruzó el océano con los colonos, pero la Carta Magna sí. La historia de las libertades civiles —la protección de la persona frente al Estado— es independiente de la subsistencia de la persona frente a los empleadores, frente a los multimillonarios. Y como vemos claramente hoy, bajo el mandato de Donald Trump, la tradición libertaria civil sin una base económica es vulnerable al autoritarismo. El mensaje de las dos cartas es claro: los derechos políticos y legales solo pueden existir sobre una base económica. Peter Linebaugh. Historiador marxista estadounidense especializado en los procesos de cercamiento y la formación de la clase obrera atlántica. Discípulo de E. P. Thompson, es autor de numerosos libros, entre los que se cuentan La hidra de la revolución (junto a Marcus Rediker) y El manifiesto de la carta magna . Traducción: Florencia Oroz Fuente: https://jacobinlat.com/2026/05/el-capitalismo-se-construyo-sobre-las-ruinas-de-los-comunes/
La guerra de los Cien Años La guerra de los Cien Años (1337-1453) fue un conflicto intermitente entre Inglaterra y Francia que duró 116 años. Comenzó principalmente porque el rey Eduardo III (que reinó de 1327 a 1377) y Felipe VI (que reinó de 1328 a 1350) escalaron una disputa sobre los derechos feudales de Gascuña a una batalla por la Corona francesa. Los franceses terminaron ganando y obteniendo el control de toda Francia, excepto Calais. Sigue leyendo…
Elisa D’annibale: Para Erst Nolte, la historia se convierte en el lugar donde la filosofía puede ponerse a prueba Por Eren Yeşilyurt Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera Realicé una entrevista sobre Ernst Nolte, uno de los historiadores más controvertidos, pero igualmente influyentes, del siglo XX. Discípulo de Martin Heidegger, quien pasó de la filosofía a la historia, Nolte se distinguió especialmente por su tesis sobre la «Guerra civil europea» y por su postura durante el Historikerstreit (la disputa entre historiadores). Su relación intelectual con Ernst Jünger también representó una parte fundamental de su universo de pensamiento. Hablamos de ello con Elisa D’Annibale, investigadora titular del Instituto Italiano de Estudios Germánicos desde 2021. Es autora del libro Ernst Nolte tra politica e storia. Un inedito per il centenario jüngeriano. Ernst Nolte es considerado uno de los historiadores más controvertidos, pero, al mismo tiempo, más influyentes del siglo XX. En su opinión, ¿cuáles son los elementos fundamentales que lo hacen tan relevante y diferente de sus contemporáneos? Ernst Nolte es una figura que escapa a las clasificaciones tradicionales de la historiografía del siglo XX porque su obra se sitúa constantemente en una zona fronteriza entre la historia y la filosofía. Este es el primer elemento que explica al mismo tiempo su relevancia y su distancia respecto a muchos de sus contemporáneos: Nolte no concibe la historiografía como una mera reconstrucción empírica de los acontecimientos, sino como un intento de interpretar los procesos históricos a través de categorías teóricas de largo plazo, sometiendo estas mismas categorías a la verificación de la experiencia histórica. En este sentido, su método es profundamente original. No es ni puramente historicista ni puramente especulativo, sino que se configura como una forma de «historia filosófica de lo contemporáneo», en la que las biografías intelectuales, los movimientos políticos y las estructuras ideológicas se convierten en verdaderos laboratorios interpretativos. Es precisamente este enfoque lo que lo distingue, por ejemplo, de una historiografía más empírico-documental o de enfoques estrictamente político-institucionales. El segundo elemento decisivo lo constituyen sus categorías interpretativas, en particular la de «guerra civil europea» —posteriormente ampliada a la noción de «guerra civil mundial». Con esta clave de lectura, Nolte propone una visión del siglo XX como un espacio unitario de conflicto ideológico entre el bolchevismo y el fascismo, rompiendo tanto con las lecturas nacionales como con las rígidamente cronológicas. Se trata de un paradigma sumamente ambicioso, que tiene el mérito de devolver una dimensión comparativa y transnacional al estudio de los totalitarismos, pero que al mismo tiempo introduce elementos de rigidez y simplificación, precisamente porque tiende a reducir fenómenos complejos a una matriz interpretativa unitaria. Un tercer aspecto, igualmente relevante, se refiere a su posición en el debate historiográfico. Nolte es un historiador que ha dejado una huella profunda desde 1960 —basta pensar en Los tres rostros del fascismo —, pero que ha ido siendo identificado progresivamente casi exclusivamente con la controversia del Historikerstreit de 1986. Esta reducción ha contribuido a oscurecer el alcance general de su obra, que, por el contrario, abarca varias décadas y aborda cuestiones centrales de la modernidad europea: la relación entre el fascismo y el bolchevismo, el problema del totalitarismo, el vínculo entre ideología y violencia y el papel de la filosofía en la comprensión histórica. Por último, lo que hace que Nolte sea particularmente influyente es su capacidad para plantear preguntas radicales, incluso a costa de exponerse a críticas muy duras. Su historiografía nunca es neutral ni descriptiva: es una historiografía problemática, que obliga al lector a confrontarse con las fracturas del siglo XX. Es precisamente esta tensión —entre la ambición interpretativa y el riesgo de forzar las cosas— la que explica por qué Nolte sigue siendo uno de los autores más discutidos, pero también uno de los más estimulantes del siglo pasado. Como discípulo de Martin Heidegger Nolte se adentra en la historia partiendo de la filosofía. ¿Qué motivación intelectual se esconde detrás de este paso? ¿De qué manera, y en qué nivel conceptual, la filosofía de Heidegger influyó en la metodología histórica de Nolte? El paso de Nolte de la filosofía a la historia no debe interpretarse como una simple elección disciplinaria, sino como el resultado coherente de un problema teórico. Formado en el horizonte heideggeriano, Nolte hereda una concepción de la filosofía que ya no puede limitarse a la especulación abstracta: en Heidegger, de hecho, la historicidad es la dimensión originaria de la existencia. Comprender el presente significa, por lo tanto, confrontarse con los procesos históricos en los que se ha constituido. Este es precisamente el punto de partida de Nolte: la historia se convierte en el lugar donde la filosofía puede ponerse a prueba. La motivación intelectual de su paso a la historia es, por lo tanto, radical: Nolte aborda los fenómenos del siglo XX —el fascismo, el bolchevismo, el totalitarismo— no como objetos autónomos, sino como manifestaciones de la crisis de la modernidad europea. En este sentido, su enfoque se distingue claramente del de gran parte de la historiografía de la posguerra, que tendía a fragmentar el campo en ámbitos cada vez más especializados. Nolte, por el contrario, realiza el movimiento opuesto: intenta devolverle la unidad teórica al siglo. La influencia de Heidegger se percibe no tanto en los contenidos, sino en la estructura del método. En primer lugar, en la centralidad de las categorías interpretativas: Nolte construye conceptos —«fascismo», «guerra civil europea», «guerra civil mundial»— que organizan el material histórico dentro de un marco de sentido. En segundo lugar, en la búsqueda de vínculos esenciales: la relación entre el bolchevismo y el fascismo no es para él una simple sucesión cronológica, sino una relación estructural que define el campo de tensión del siglo XX. Por último, en la concepción de la historia como una totalidad problemática, atravesada por una lógica interna que el historiador debe sacar a la luz. Es precisamente en este terreno donde se sitúa también el análisis de Nolte sobre el llamado «caso Heidegger». La publicación del libro de Víctor Farías, Heidegger y el nazismo (1987), había reabierto de manera sensacional el debate sobre la relación entre filosofía y política en el pensamiento heideggeriano, lo que llevó a muchos intérpretes a leer toda su obra a la luz de su implicación con el nacionalsocialismo. Nolte interviene indirectamente en esta discusión con su libro de 1992 Martin Heidegger. Politik und Geschichte im Leben und Denken en el que propone una lectura más compleja y menos reduccionista. Lo que se desprende de este trabajo es sumamente significativo para comprender también su metodología histórica. Nolte no niega el problema de la relación entre Heidegger y el nacionalsocialismo, pero se niega a reducir la filosofía a una mera expresión de una elección política contingente. Por el contrario, insiste en la necesidad de captar el entrelazamiento —a menudo problemático y sin resolver— entre el pensamiento filosófico y la contingencia histórica. Es exactamente el mismo enfoque que aplica al siglo XX: nunca separar por completo las ideas de su contexto, pero tampoco disolverlas en él. En este sentido, la comparación con Farías es reveladora. Mientras que Farías tiende a establecer un vínculo directo y casi determinista entre la filosofía y el nacionalsocialismo, Nolte introduce una perspectiva más articulada, atenta a las mediaciones, las ambivalencias y las transformaciones a lo largo del tiempo. Esta diferencia no se refiere solo a Heidegger, sino que refleja dos formas opuestas de entender la relación entre el pensamiento y la historia: una reductiva y lineal, la otra problemática y estructural. La comparación con otros historiadores aclara aún más la especificidad de Nolte. Si pensamos en De Felice, por ejemplo, se aprecia una divergencia decisiva: aunque comparte un interés por las interpretaciones no convencionales del fascismo, De Felice se mantiene anclado en un método basado en la verificación documental y en la distinción de los contextos. Nolte, en cambio, permite que la categoría teórica preceda y oriente el análisis empírico. De manera similar, en comparación con la historiografía alemana de la posguerra —a menudo prudente y recelosa ante las grandes síntesis—, Nolte se presenta como una figura atípica, que reivindica la necesidad de interpretar el siglo XX como un proceso unitario. En definitiva, el legado de Heidegger en Nolte no consiste en una transferencia directa de contenidos, sino en una actitud teórica: la convicción de que la historia debe ser pensada y no solo reconstruida. La comparación con el debate iniciado por Farías y la reflexión desarrollada en el libro de 1992 muestran con claridad cómo Nolte busca constantemente mantener unidas la filosofía y la historia, evitando tanto la separación como la reducción de una a la otra. Es precisamente esta tensión —entre la ambición teórica y el riesgo de forzar las cosas— lo que hace que su historiografía sea a la vez tan original y controvertida. ¿Cuál era el enfoque de Nolte hacia el movimiento de la «Revolución Conservadora» ( Konservative Revolution )? ¿Por qué sentía tanto interés por este fenómeno y por sus figuras clave? El interés de Nolte por la llamada «Revolución Conservadora» no es ni de carácter anticuario ni meramente reconstructivo: es, una vez más, teórico. Nolte no considera a este conjunto heterogéneo de autores y corrientes —desde Jünger hasta Moeller van den Bruck, pasando por Schmitt— como un simple episodio de la historia intelectual alemana, sino como un laboratorio en el que se forjan algunas de las categorías decisivas del siglo XX europeo. Lo que le atrae es el carácter liminal de este fenómeno. La «Revolución Conservadora» representa, en su interpretación, un espacio intermedio entre la tradición y la modernidad, entre el rechazo al orden liberal y la búsqueda de nuevas formas políticas. Aún no es nacionalsocialismo, pero tampoco es ya conservadurismo clásico: es una zona de transición en la que se radicalizan las respuestas a la crisis de la modernidad. Es precisamente esta ambigüedad la que la hace, para Nolte, históricamente decisiva. La motivación de su interés está, por lo tanto, estrechamente ligada al problema central de su reflexión: comprender el origen y la naturaleza del fascismo. En este sentido, la «Revolución Conservadora» le parece un momento genético o, mejor dicho, un contexto de elaboración ideológica sin el cual no se puede comprender plenamente el fascismo. No se trata de establecer una línea de continuidad directa y mecánica, sino de identificar un campo de posibilidades, un horizonte cultural en el que se desarrollan determinadas formas de pensamiento político. Una vez más, el método es decisivo. Nolte lee a estos autores no simplemente como individuos, sino como síntomas históricos. Sus obras se convierten en documentos privilegiados para captar la transformación de las categorías políticas y antropológicas del siglo XX. En este sentido, la decisión de centrarse en figuras como Jünger o Schmitt no es casual: ambos representan, aunque de maneras diferentes, intentos extremos de reflexionar sobre la crisis de la modernidad y de responder al desafío que representaba el bolchevismo. Es aquí donde surge el vínculo más profundo con su interpretación general del siglo. Nolte identifica en la «Revolución Conservadora» una de las primeras manifestaciones de lo que se convertirá en la dinámica central del siglo XX: el enfrentamiento radical entre ideologías totalizadoras. Su interés por estos autores se deriva del hecho de que ellos anticipan, en el plano teórico, esa «guerra civil europea» que él identificará como clave interpretativa del período 1917–1945. Sin embargo, es precisamente en este punto donde también radica la ambigüedad de su postura. Nolte tiende a interpretar la «Revolución Conservadora» en función de su desenlace histórico, es decir, a la luz del fascismo y del nacionalsocialismo. Este enfoque permite captar conexiones profundas, pero también conlleva el riesgo de proyectar significados a posteriori y de reducir la complejidad de un fenómeno que distó mucho de ser unitario. En otros términos, la fortaleza de su interpretación —la capacidad de insertar estas figuras en un marco general— es también su limitación. La comparación con otros enfoques historiográficos aclara aún más este punto. Una parte significativa de la historiografía alemana, sobre todo a partir de la década de 1970, ha insistido en la pluralidad interna de la «Revolución Conservadora», subrayando sus diferencias, tensiones y discontinuidades. Nolte, en cambio, da prioridad a lo que une estas experiencias: la respuesta común a la crisis de la modernidad liberal y la búsqueda de una alternativa radical. Es una elección interpretativa que sacrifica el microanálisis en favor de la construcción de un marco teórico más amplio. Si se analiza luego la comparación con De Felice, surge una diferencia adicional: mientras que Nolte tiende a interpretar las corrientes intelectuales como momentos de una dinámica ideológica general, De Felice presta mayor atención a la especificidad de los contextos nacionales y a la dimensión político-social de los fenómenos. También en este caso, Nolte parece más un filósofo de la historia que un historiador en sentido estricto. En definitiva, el interés de Nolte por la «Revolución Conservadora» se explica por su necesidad de identificar los puntos en los que la modernidad entra en crisis y genera respuestas radicales. No es un interés neutral: forma parte de un proyecto más amplio, el de interpretar el siglo XX como un campo de tensión ideológica global. Y es precisamente este enfoque el que hace que su interpretación sea, al mismo tiempo, extremadamente estimulante e inevitablemente controvertida. ¿Por qué, durante la «Disputa entre los historiadores» ( Historikerstreit ), Nolte se convirtió en blanco de críticas tan feroces? ¿Las objeciones planteadas por sus críticos, en primer lugar por Jürgen Habermas, se referían más al método historiográfico o a las implicaciones políticas de su forma de interpretar el pasado alemán? Nolte se convirtió en blanco de críticas tan feroces durante el Historikerstreit porque su intervención no se limitaba a proponer una nueva interpretación del nacionalsocialismo, sino que tocaba el punto más sensible de la cultura histórica de la Alemania federal: la relación entre la explicación histórica y el juicio moral. En otras palabras, lo que se ponía en tela de juicio no era solo un problema historiográfico, sino la forma misma en que la Alemania de la posguerra había construido su identidad a través de la confrontación con el pasado nazi. La tesis de Nolte —en su formulación más controvertida— establecía un vínculo entre el bolchevismo y el nacionalsocialismo, sugiriendo que este último podía interpretarse, al menos en parte, como una respuesta al primero. Insertada en el marco más amplio de la «guerra civil europea», esta interpretación implicaba una comparabilidad entre fenómenos que una parte significativa de la historiografía y de la cultura pública tendía, por el contrario, a mantener separados, sobre todo en lo que respecta al Holocausto. No se trataba simplemente de establecer analogías, sino de redefinir la posición del nacionalsocialismo dentro de la historia del siglo XX. Es aquí donde se comprende la radicalidad de la reacción. Formalmente, las objeciones planteadas por los críticos —y en primer lugar por Jürgen Habermas— se presentan como críticas metodológicas: se acusa a Nolte de construir vínculos causales sin fundamento suficiente, de operar con categorías demasiado amplias, de forzar la comparación histórica hasta producir una lectura reduccionista. Sin embargo, detenerse en este nivel sería engañoso. El meollo del conflicto no es metodológico, sino político-cultural. Habermas capta con gran lucidez que la cuestión no se refiere únicamente a la forma de hacer historia, sino a la forma en que la historia incide en el espacio público. Su crítica se mueve en un plano diferente al de Nolte: no se limita a cuestionar la validez de una tesis, sino que pone en tela de juicio sus efectos. El punto central es el temor de que un enfoque así pueda producir una “normalización” del pasado nazi, es decir, reinsertarlo en una dinámica histórica comparable y, por lo tanto, al menos en parte, relativizable. En este sentido, la polémica contra Nolte es también una defensa de un principio: la irreductibilidad del Holocausto a categorías históricas ordinarias. Esta divergencia refleja dos concepciones profundamente diferentes de la historiografía. Por un lado, Nolte reivindica la historia como un campo de investigación teórica, que no puede renunciar a la comparación y a la construcción de vínculos a largo plazo, incluso cuando estos resultan incómodos o desestabilizadores. Por otro lado, Habermas defiende una concepción de la historia que, en el caso alemán, tiene inevitablemente también una función normativa: la memoria del nacionalsocialismo no es solo un objeto de conocimiento, sino un fundamento ético de la democracia de la posguerra. Es en este entrelazamiento donde se explica la intensidad del debate. El Historikerstreit no es un enfrentamiento entre interpretaciones equivalentes, sino entre dos formas de entender la relación entre historia y política. Nolte, en consonancia con su formación filosófica, tiende a considerar la historia como un espacio de cuestionamiento radical, en el que incluso las categorías más consolidadas pueden ponerse en tela de juicio. Habermas, por su parte, insiste en que, en un contexto como el alemán, la libertad de la investigación histórica no puede separarse de la responsabilidad política de sus implicaciones. A esto se suma un elemento adicional, a menudo subestimado: el contexto historiográfico de la Alemania de la posguerra. Después de 1945 se había ido imponiendo progresivamente una línea interpretativa prudente, marcada por una desconfianza hacia las grandes síntesis teóricas y por una fuerte atención a la especificidad del nacionalsocialismo. Nolte rompe este equilibrio: reintroduce una perspectiva global, reabre la cuestión de la comparación entre totalitarismos y, sobre todo, intenta reinsertar el nacionalsocialismo en una historia más amplia de la modernidad europea. Es este gesto, incluso antes que las tesis individuales, lo que resulta desestabilizador. En este sentido, la figura de Nolte se presenta profundamente ambivalente. Por un lado, le devuelve a la historiografía una función sólida y teórica, capaz de cuestionar el sentido general del siglo XX; por otro, subestima la especificidad del contexto en el que interviene, es decir, el hecho de que, en Alemania, el pasado nazi nunca es solo un problema histórico, sino un nudo identitario y político. Es precisamente esta tensión no resuelta la que transforma una controversia académica en un enfrentamiento público de extraordinaria intensidad. En definitiva, las críticas dirigidas a Nolte no pueden atribuirse ni exclusivamente al método ni exclusivamente a la política: surgen en el punto donde ambos niveles se superponen. Y tal vez este sea el dato más significativo del Historikerstreit : haber demostrado con extrema claridad que, en el caso del siglo XX alemán, toda interpretación histórica es inevitablemente también una toma de posición respecto al presente. Pasando al tema central de su libro: ¿cómo surgió el diálogo entre Ernst Jünger y Ernst Nolte? ¿De qué manera estas dos figuras se influyeron mutuamente? El diálogo entre Ernst Jünger y Ernst Nolte no surge como una relación directa y continua en el sentido tradicional del término, sino como un intercambio intelectual que se desarrolla con el tiempo y que encuentra un punto de condensación particularmente significativo en el texto inédito de 1995 que figura en el apéndice del volumen. Es precisamente el análisis de este texto el que muestra cómo, más que un simple homenaje, representa una etapa de la reflexión de Nolte, en la que la figura de Jünger se convierte en un verdadero instrumento teórico. Un aspecto interesante se refiere a la génesis editorial de este ensayo. De hecho, el texto de Nolte sobre Jünger había sido concebido para publicarse en «La Voce», de Indro Montanelli, con motivo del centenario del escritor. Este dato no es secundario: sitúa la contribución de Nolte en un espacio público específico, el del periodismo cultural italiano, y muestra cómo él pretendía dirigirse no solo a un público académico, sino a un horizonte europeo más amplio. El hecho de que el texto no se haya publicado y haya permanecido inédito durante mucho tiempo acentúa aún más su valor. Nos presenta a un Nolte que, aún en 1990 sigue enfrentándose a las figuras clave del siglo XX y elige a Jünger como interlocutor privilegiado para repensar, una vez más, el sentido del siglo. En este sentido, el ensayo no se sitúa al margen, sino en el centro de su trayectoria intelectual. Para Nolte, de hecho, Jünger no es solo un escritor o un testigo del siglo, sino una figura paradigmática a través de la cual interpretar la crisis de la modernidad. Este es el punto decisivo: su «diálogo» se sitúa en un nivel conceptual más que biográfico. Nolte interpreta a Jünger como una de las expresiones más radicales de esa transformación antropológica y política que atraviesa el siglo XX, y lo inserta en el marco de la «guerra civil europea», que luego se amplió a la dimensión de la «guerra civil mundial». En este sentido, se puede decir que la influencia de Jünger sobre Nolte es sobre todo indirecta, pero profunda. Jünger ofrece a Nolte un material privilegiado: sus obras representan una especie de laboratorio experiencial en el que se manifiestan, de manera casi ejemplar, las tensiones del siglo XX —desde la centralidad de la experiencia bélica hasta la reflexión sobre la técnica, pasando por las ambivalencias de la relación con el nacionalsocialismo—. Por otro lado, la influencia también se da en sentido inverso, aunque de manera más limitada. Nolte contribuye a redefinir el lugar que ocupa Jünger en la historia del siglo XX, alejándolo de lecturas puramente literarias e insertándolo en una perspectiva histórico-filosófica más amplia. Así, a través de Nolte, Jünger se convierte no solo en un autor controvertido, sino en una figura teóricamente decisiva. Sin embargo, lo más interesante es la forma en que Nolte utiliza a Jünger. No se limita a interpretarlo: lo «pone a prueba». La biografía intelectual de Jünger se convierte para Nolte en un banco de pruebas de sus propias categorías interpretativas. El concepto de «guerra civil mundial», por ejemplo, no se aplica simplemente a Jünger, sino que se aclara y se refuerza precisamente a través de este análisis. Al mismo tiempo, esta relación también pone de manifiesto los límites del enfoque de Nolte. La tendencia a encajar a Jünger en un esquema interpretativo unitario corre, en ocasiones, el riesgo de atenuar su complejidad y sus discontinuidades, de aplanar las ambivalencias y las transformaciones de su trayectoria. Jünger es una figura atravesada por profundas discontinuidades, mientras que Nolte tiende a reducirlas a una coherencia más amplia. Una vez más, la fuerza sistemática del método coincide con su punto crítico. En definitiva, el diálogo entre Jünger y Nolte no es tanto el de dos autores vinculados por una influencia directa, sino el de dos formas diferentes de abordar el siglo XX. Jünger lo atraviesa como una experiencia vivida y escrita; Nolte lo reconstruye como un problema teórico. El hecho de que este enfrentamiento también se materialice en un texto destinado a «La Voce» de Montanelli —es decir, a un espacio público italiano— muestra con especial claridad cómo dicho diálogo pertenece a una dimensión plenamente europea, en la que la historia, la filosofía y la cultura política siguen entrelazándose. Tanto en el pasado reciente como en la actualidad, se observa en Italia una vastísima literatura sobre la Revolución Conservadora y sus principales exponentes. ¿En qué base histórica e intelectual se sustenta, en su opinión, este profundo interés italiano por tales temas? Se trata de una cuestión compleja, a la que trato de responder proponiendo mi propia interpretación. La amplitud de la literatura italiana sobre la «Revolución. Conservadora» puede explicarse, en mi opinión, al considerar una doble especificidad: la de la historia política italiana y la de su tradición intelectual. En el plano histórico, Italia es uno de los pocos países europeos que ha vivido una experiencia fascista autóctona y precoz. Esto generó, ya en la posguerra, la necesidad de cuestionar no solo el fascismo como fenómeno político, sino también sus raíces culturales y europeas. En este contexto, la «Revolución Conservadora» alemana se presentó como un terreno privilegiado: no porque coincida con el fascismo, sino porque permite situarlo en el marco de una crisis más amplia de la modernidad liberal. El interés italiano surge, por lo tanto, de una necesidad interpretativa: salir de una lectura puramente nacional del fascismo y comprenderlo dentro de un horizonte europeo. Pero esto no basta. Hay una razón más profunda, que atañe a la estructura misma de la cultura italiana del siglo XX. A diferencia de otros contextos, en Italia se mantuvo durante más tiempo una fuerte permeabilidad entre historia, filosofía y teoría política. Es dentro de esta tradición donde se sitúa la atención temprana de figuras como Delio Cantimori, quien se enfrentó directamente a esas corrientes justo cuando tomaban forma o eran reelaboradas. Pensemos en toda la producción periodística de Cantimori de 1920 y 1930. La «Revolución Conservadora» se interpretó no solo como un objeto histórico, sino como un espacio teórico en el que se concentran cuestiones decisivas: la relación entre crisis y decisión, entre técnica y política, entre nihilismo y orden. Esto también explica una diferencia fundamental con respecto a Alemania. En el contexto alemán, estos temas han estado durante mucho tiempo agobiados por el peso del nacionalsocialismo y, por lo tanto, sometidos a una fuerte tensión política y memorialística. En Italia, en cambio, aunque en el marco de un enfrentamiento nada neutral con el fascismo, se han podido abordar con mayor libertad teórica. Esto ha favorecido una recepción más amplia, pero también más ambigua: más abierta a la reflexión conceptual, a veces menos ligada a una contextualización histórica rigurosa. Es en este espacio donde también se inscribe el éxito de autores como Jünger o Schmitt. Se les lee no solo por lo que representan históricamente, sino porque ofrecen categorías para pensar el siglo XX en su conjunto. En otras palabras, su recepción en Italia es menos «archivística» y más teórica. Y ahí radica el punto decisivo. El interés italiano por la «Revolución Conservadora» no surge de una fascinación ideológica, como a veces se ha dicho de manera superficial, sino de una necesidad cognitiva precisa: comprender la crisis de la modernidad europea sin reducirla ni a una secuencia de acontecimientos nacionales ni a un simple esquema interpretativo. Es una tradición de estudios que, para bien o para mal, nunca ha renunciado a mantener unidas la historia y la teoría. Por esta razón, más que un fenómeno editorial, se trata de un indicador cultural. Indica que, en Italia, la pregunta sobre el siglo XX nunca se ha cerrado del todo. Y si esta literatura sigue creciendo, es porque esa pregunta —cómo pensar conjuntamente la política, la historia y la crisis de la modernidad— sigue, en gran medida, sin una respuesta definitiva. Fuente: https://erenyesilyurt.com/index.php/2026/05/05/elisa-dannibale-di-erst-nolte-la-storia-diventa-il-luogo-in-cui-la-filosofia-puo-verificare-se-stessa/
El museo de los intentos fallidos Cuando Sofía vio el cartel, pensó que era una broma. MUSEO INTERNACIONAL DE LOS INTENTOS FALLIDOS Entrada gratuita. Curiosa, decidió entrar. El edificio era enorme. Y estaba lleno de vitrinas. Pero no exhibían grandes inventos ni obras maestras. Todo lo contrario. La primera sala contenía un paraguas que se abría hacia abajo. La segunda mostraba una bicicleta cuadrada. Y en el centro de una plataforma giratoria descansaba una tostadora que, por alguna razón, lanzaba el pan hacia atrás. Sofía no podía dejar de reír. —¿Quién construyó estas cosas? —Personas muy optimistas. La voz provenía de un anciano guía que apareció a su lado. —¿Y todo esto fracasó? —Por completo. Siguieron caminando. Había inventos absurdos. Experimentos imposibles. Proyectos que jamás funcionaron. Sin embargo, algo llamó la atención de Sofía. Ninguno de los objetos parecía estar allí para ser ridiculizado. Cada uno tenía una pequeña placa. No explicando por qué había fallado. Sino qué había enseñado. Por ejemplo: “Primer intento de calzado impermeable.” Resultado: desastre. Aprendizaje: materiales flexibles. Otro decía: “Máquina automática para regar plantas.” Resultado: inundó tres jardines. Aprendizaje: control de flujo. Sofía comenzó a leer una tras otra. Y descubrió algo curioso. Muchos de aquellos fracasos habían terminado ayudando a crear inventos exitosos años después. —Entonces… ¿no eran realmente errores? El guía sonrió. —Claro que eran errores. Errores enormes. Pero eso no significa que fueran inútiles. Llegaron a la última sala. Era la más grande de todas. Y estaba vacía. Solo había una placa en el centro. Sofía se acercó. La leyó. “Espacio reservado para los intentos que todavía no has hecho.” Permaneció unos segundos observándola. Luego sonrió. Porque llevaba meses postergando un proyecto personal. Siempre encontraba una excusa. Que no era el momento. Que podía salir mal. Que quizá no era suficientemente buena. El anciano la observó. —¿En qué piensas? —En que tal vez he estado evitando fracasar. El guía asintió. —Mucha gente lo hace. —¿Y cuál es la solución? El hombre señaló todas las salas del museo. —Entender que la mayoría de las cosas interesantes empiezan pareciéndose bastante a un fracaso. Sofía volvió a mirar la placa vacía. Y por primera vez en mucho tiempo… sintió ganas de intentarlo. Aunque no saliera perfecto. Aunque saliera mal. Porque después de todo… si terminaba en un museo, al menos tendría una buena historia que contar.
Historia de la vacunación: Conteniendo las enfermedades más mortíferas del mundo El campo de la salud pública fue transformado con la introducción de la vacunación, término proveniente de la palabra latina «vacca» que significa vaca, para proteger a la gente de las enfermedades infecciosas. Era bien conocido que la exposición a las enfermedades infecciosas y la supervivencia a las mismas conferían una cierta inmunidad natural contra epidemias subsiguientes. Entre los pioneros en el uso de las vacunas estaban comprendidos Edward Jenner, Louis Pasteur y Gaston Ramon, y su trabajo aseguró que muchas de las enfermedades más mortíferas del mundo finalmente se pudieran controlar. Sigue leyendo…
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